Entiendo el Año Santo Jacobeo como un gran acontecimiento social, cultural y, por encima de todo, de convivencia vecinal. Más allá de su innegable origen litúrgico, para mí esta cita —que celebramos de forma excepcional únicamente cuando el 25 de julio coincide en domingo— representa el mayor hito de hospitalidad de nuestra tierra, un momento mágico en el que nuestras calles se transforman en un punto de encuentro multicultural. Con la mirada puesta en el próximo Año Santo Jacobeo de 2027, cuya antesala oficial comenzará a latir con fuerza la tarde del 31 de diciembre de 2026, veo como San Bartolomé de Tirajana se consolida una vez más en el gran referente de acogida en Gran Canaria. El privilegio histórico concedido a la Iglesia de San Bartolomé en Tunte nos impulsa a volcarnos como un anfitrión único.
El lema «Todos los caminos llevan a Tunte» adquiere para mí un sentido plenamente humano: es el orgullo de un pueblo de las medianías que abre sus puertas de par en par, transformando el esfuerzo de los miles de caminantes que cruzan la isla en una oportunidad idónea para tejer lazos de solidaridad, compartir historias y dinamizar nuestra cultura local. Dejo para otra ocasión los motivos de promesas que hacían aquellos jóvenes que partían al servicio militar fuera de las islas y su promesa de volver a ver a Santiago de Tunte.
El acto central y más esperado de esta festividad es, sin duda, la apertura y la importancia de la Puerta Santa, un rito que interpreto como el símbolo definitivo de nuestro espíritu de acogida. Tras permanecer cerrada durante los años ordinarios, ver caer ese muro de forma solemne significa derribar barreras y lanzar una invitación universal a la unión y al reencuentro colectivo. Para San Bartolomé de Tirajana, este gesto representa tender puentes con el exterior, consolidando a Tunte como un espacio de paz, resguardo y fraternidad para todo aquel que nos visita de un lado u otro del mundo.
Celebrar este Jacabeo es, ante todo, un acto de identidad, reencuentro y orgullo compartido. Son días en los que nuestras calles se llenan de vida, las familias se reúnen y el pulso de San Bartolomé de Tirajana late con más fuerza que nunca y por extensión nuestro municipio. Sin embargo, tengo claro que la verdadera grandeza de estas fechas no reside solo en los actos institucionales y la afluencia de visitantes, sino en la memoria colectiva y en el legado de la gente que ha hecho posible que hoy sigamos aquí, celebrando, resaltando o conmemorando lo que somos. Es el momento idóneo para mirar al futuro sin olvidar las raíces sociales que nos sostienen.
Precisamente a través de esta mirada personal que siempre intento promover desde El Arañazo, considero de justicia que en este ambiente de alegría y reflexión volvamos la vista atrás con profunda gratitud y respeto. Quiero hacer una mención y rendir un sentido homenaje a todos aquellos vecinos y vecinas que ya no están físicamente entre nosotros, pero que dieron vida y verdadero sentido a cada año Jacobeo pero sobre todo a la expresión que nos vertebra con el "buen camino": TODOS LOS CAMINIOS LLEVAN A TUNTE.
Ellos y ellas, con su esfuerzo diario, su entusiasmo, su alegría y su amor por esta tierra, construyeron los cimientos de la comunidad unida y fuerte que hoy disfrutamos. Su ausencia se siente en las calles de Tunte, pero su esencia y su espíritu permanecen completamente intactos en cada rincón, en cada conversación y en cada brindis. Y por tanto, apelo a que de una forma u otra se institucionalice la figura del vecino en los años Jacobeo.
Dentro de este recuerdo unánime, mi pensamiento se detiene hoy con especial emoción en dos figuras que dejaron una huella imborrable en nuestra historia local. Seguramente, nos vienen muchos más. Pero en esta ocasión, quiero reivindicar con orgullo la memoria de Luisa Rodríguez León, una mujer pionera e histórica que marcó un verdadero hito en nuestro municipalismo al convertirse en una de las primeras concejalas de la democracia en la corporación de San Bartolomé de Tirajana. Su inmenso compromiso vecinal, su lucha por el asociacionismo y aquel emotivo pregón de las fiestas de Santiago que nos regaló en 2017 son parte viva de nuestro patrimonio humano y social.
Junto a ella, evoco también con enorme cariño a Feluco, otro pilar fundamental de nuestro devenir. Todo lo que su haber, su generosidad y su compromiso supusieron para San Bartolomé de Tirajana configuró un legado que el tiempo no podrá borrar. Feluco fue un ejemplo de entrega, un hombre que trabajó incansablemente por lo que tanto amó y que entendió como nadie el valor de hacer pueblo. Su recuerdo sigue latiendo con fuerza en el corazón de todos los que tuvimos la fortuna de conocerle y compartir con él su andadura.
Aunque hoy falten sus sonrisas y sus abrazos en nuestras plazas y calles, no me invade la tristeza, sino una profunda inspiración. El mayor tributo que podemos rendirles es custodiar la llama de sus tradiciones y perpetuar el espíritu de unión que nos legaron en herencia. Deseo que este Año Santo sea el reflejo fiel de esos pilares: la hospitalidad sincera con el caminante, la mano tendida entre vecinos y el orgullo de sabernos parte de esta villa en su amplia dimensión social, cultura y colectiva.
Va por los que están, por los que vendrán, y de manera muy entrañable, por quienes desde el recuerdo eterno nos guían y nos guardan las espaldas en cada tramo del camino al cruzar la Puerta Santa. Siempre presentes en cada Jacaboe, porque hoy, exactamente igual que "antier," seguimos firmes en la brega, defendiendo aquello que verdaderamente nos une y nos arraiga a nuestra gente y a este bendito territorio que pisamos.